Ignacio Castrejón Valdés: el hombre que construye desde el corazón

El pasado 1 de febrero no fue un cumpleaños más. Fue un día de memoria, gratitud y legado. En un emotivo homenaje organizado por Grupo CAVI, el arquitecto Ignacio Castrejón Valdés fue reconocido no solo como fundador de una empresa sólida, sino como el hombre que supo convertir su visión en cimientos firmes para su pueblo, su familia y su equipo de trabajo.

La placa entregada por su familia y colaboradores lo expresó con claridad:

“A nuestro fundador, Ignacio Castrejón Valdés, por su visión y su invaluable contribución en la consolidación de nuestra organización. Su ejemplo e inspiración a las nuevas generaciones, por liderar con ética y humildad. Con gratitud, la familia y empleados Grupo CAVI.”

No fue un reconocimiento protocolario. Fue un acto de identidad. Porque Grupo CAVI no nació solo de un proyecto empresarial; nació del carácter de su fundador.

Cabe destacar que este homenaje fue organizado por su hermana, la contadora Lucía Castrejón, pieza clave en la consolidación y crecimiento de la empresa. Se reconoció que sin su respaldo profesional y administrativo, el desarrollo de Grupo CAVI no habría sido posible, convirtiéndose en uno de los pilares fundamentales de su evolución.

Voces que dibujan a un hombre

El homenaje se llenó de testimonios que no hablaron de cifras ni de contratos, sino de humanidad.

Su hermano, Natividad Castrejón Valdés, lo describió como lo que es para quienes lo conocen de cerca: generoso, trabajador, alegre, amiguero, creativo, persistente, ocurrente y profundamente comprometido. Un hombre que eligió a su familia, su fe y su pueblo como propósito y sentido vital.

El ingeniero Héctor Gómez Quesada resaltó su honorabilidad y lealtad. En uno de los momentos más conmovedores, compartió que ambos enfrentan la batalla contra el cáncer, y con firmeza expresó:
“Amigo, así como yo, ambos estamos combatiendo esta enfermedad que hemos vencido, y eso nos hace ser unos guerreros”.

El ingeniero Carlos Portillo Narváez agradeció los años de amistad y recordó que quienes estaban presentes no eran simples asistentes, sino amigos forjados en el tiempo.

Cuando el homenajeado toma la palabra

Entonces habló él.

Con la voz entrecortada y los ojos visiblemente llorosos por la emoción, el arquitecto Ignacio Castrejón agradeció a quienes han creído en su camino. Recordó las enseñanzas de su madre y de su padre como la raíz de sus valores. Reconoció a sus compañeros de trabajo y abrazó, con palabras sinceras, a su familia.

Y fiel a su estilo, narró.

Contó la historia de la construcción de la capilla de San Judas Tadeo, evocando el vaciado de la losa aquel 12 de febrero de 1989. No relataba una obra; relataba un acto de fe. Porque para él, cada construcción ha sido siempre algo más que concreto: ha sido comunidad, esperanza y entrega.

Un libro nacido de manuscritos y memoria

Como parte central del evento se presentó su biografía:
Buenos días le dé Dios, obras que se construyen desde el corazón de un pueblo.

La obra fue editada por Patricia Martínez Gutiérrez, quien compartió el proceso detrás de su creación. Reveló que gran parte del contenido provino de manuscritos originales del arquitecto, algunos casi ilegibles. En un trabajo realizado en familia, ella y su esposo transcribieron cuidadosamente aquellas libretas, respetando cada palabra y cada emoción escrita a mano.

Brindis: el reconocimiento que nace de la dignidad

Después de la presentación, se realizó el brindis a cargo de René González López, quien recordó una enseñanza heredada de su madre: en la vida deben prevalecer siempre dos valores esenciales, la amistad y el agradecimiento.

En un momento que selló la esencia de tal magno evento, expresó una frase que resonó entre los presentes:

“Nacho no busca ser reconocido, sino es un hombre que hace acciones para ser una persona digna de ser conocida”.

Virtudes —afirmó— que distinguen plenamente al arquitecto Castrejón y que explican por qué su legado trasciende más allá de lo empresarial.

Ya en la velada entre aplausos, pastel y celebración. Pero más allá del festejo, quedó una certeza compartida: hay hombres que construyen edificios… y hay hombres que construyen legado.

Y como evocación de aquellos años entrañables en Sombrerete, el arquitecto recordó que “¡Buenos días le dé Dios!” era la forma en que las personas se saludaban por la mañana en las calles del pueblo. De esa expresión cotidiana, cargada de fe y cercanía, nace el nombre de su libro: un homenaje a sus raíces, a su gente y a la esencia de una época que marcó su vida.

Epílogo

En lo personal, no puedo dejar de expresar mi gratitud.

Agradezco su amistad, su enseñanza constante y su ejemplo de vida. Su perseverancia y resiliencia han sido faro en momentos decisivos. Año con año me enseña, con hechos, la humildad ante la vida y el valor de una amistad sincera.

Porque hay hombres que construyen obras.
Y hay hombres que construyen destino.

Con admiración y respeto,
Jorge Perera

Maya Producciones